¿Pero y qué pasa con los hongos?
Pues que también tiene sus propias luces. Algunos hongos emiten un resplandor verdoso que puede aparecer en las setas, en el micelio o en ambos. Nada de magia, aunque lo parezca: todo ocurre gracias a una pequeña maquinaria química.
A partir del ácido cafeico, el hongo fabrica una molécula llamada luciferina. Una enzima, la luciferasa, facilita su reacción con el oxígeno y parte de la energía liberada sale en forma de luz. Después, el sistema recicla los productos de la reacción.
Pero producir luz cuesta energía. ¿Qué ventaja podría tener? Una hipótesis propone que atrae insectos capaces de transportar esporas, favoreciendo la reproducción. Los experimentos con Neonothopanus gardneri apoyan esta posibilidad, especialmente en bosques donde circula poco viento. Sin embargo, otras especies no muestran esa atracción: todavía quedan preguntas por resolver.
Algunos protagonistas y sus escenarios:
Neonothopanus gardneri: bosques de palmeras del Brasil tropical; crece asociado a restos y bases de palmeras.
Mycena chlorophos: bosques húmedos de latitudes tropicales y subtropicales de Asia, incluidos bosques de bambú de Indonesia.
Omphalotus nidiformis: bosques y formaciones abiertas de eucaliptos australianos, también en latitudes templadas del hemisferio sur.
Como ejemplo nacional tenemos la seta del olivo (Omphalotus olearius). El Museu Balear de Ciències Naturals describe su luminiscencia en ejemplares frescos: un brillo tenue que solo se aprecia en oscuridad. Crece sobre raíces y madera de olivos, acebuches y otros árboles. También está Armillaria mellea: en este caso, la bioluminiscencia corresponde al micelio que coloniza la madera, no a las setas.
No imaginéis un bosque iluminado como una verbena: hablamos de brillos generalmente tenues, que requieren oscuridad para apreciarse. A veces, para descubrir algo extraordinario, basta con apagar la linterna.







